Niños y sustancias tóxicas: nuevo informe
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Por Joshua Ostroff

Sustancias químicas tóxicas y salud infantil en América del Norte se centra en las emisiones de sustancias cancerígenas, tóxicos del desarrollo y la reproducción y presuntos neurotóxicos que se consideran de alto riesgo para la salud infantil.

Es muy poco lo que se sabe sobre la forma en que las sustancias químicas industriales en el aire, el agua y el suelo afectan a los niños, pero estamos aprendiendo paso a paso, señala la autora de un nuevo informe sobre salud infantil y sustancias químicas.

"Ninguno de nosotros nace adulto, y lo que sucede [durante la infancia] puede afectar nuestra salud a lo largo de nuestras vidas", afirma la doctora Lynn Goldman, autora principal de Sustancias químicas tóxicas y salud infantil en América del Norte y profesora en la Escuela de Salud Pública Bloomberg, de la Universidad Johns Hopkins.

El informe, publicado en mayo por la CCA, hace un llamado para continuar con las investigaciones que permitan reunir mayor información sobre salud infantil. En él se aplica una nueva metodología que refuerza el actual conocimiento de los riesgos ambientales específicos para población infantil y contribuye a la definición de prioridades para las iniciativas de reducción de la contaminación.

Los niños son particularmente vulnerables a la exposición a sustancias químicas puesto que se encuentran todavía en desarrollo y por lo general inhalan más aire, comen más alimento y beben más líquidos que los adultos, en relación con su tamaño. Además, los más pequeños suelen arrastrarse por el suelo, llevarse objetos a la boca e incluso ingerir tierra contaminada, lo que aumenta su probabilidad de exposición a sustancias químicas como plomo, mercurio, BPC, dioxinas, furanos, ftalatos y manganeso.

"Fue apenas hace unos años cuando los riesgos para la salud infantil empezaron a llamar la atención y, más recientemente, cuando logramos una masa crítica de información que permite examinar datos como los de los RETC (registros de emisiones y transferencias de contaminantes) en términos de las sustancias químicas que se reconoce o se sospecha son tóxicas para los menores de edad", afirma la doctora Goldman.

Los RETC compilan información sobre las emisiones y transferencias de sustancias químicas tóxicas de plantas industriales. Estados Unidos instrumentó su RETC, el Inventario de Emisiones Tóxicas (Toxics Release Inventory, TRI) en 1987 a fin de llevar un registro de más de 300 sustancias químicas industriales, cifra que se duplicó para mediados de la década de 1990. El gobierno canadiense, por su parte, lanzó en 1992 su Inventario Nacional de Contaminantes (National Pollutant Release Inventory, NPRI), de formato muy similar al estadounidense, con una cobertura de 268 sustancias. Este junio, México lanza su propio Registro de Emisiones y Transferencia de Contaminantes (RETC), que pondrá a disposición pública los datos correspondientes a 104 sustancias químicas emitidas por la industria

"Los RETC se desarrollaron a partir del principio del `derecho a la información' de la comunidad, y se pusieron en práctica por primera vez en respuesta al accidente químico de Bhopal, India, en el que miles de personas murieron debido a la emisión accidental de gases venenosos de una planta de plaguicidas", explica el gerente del programa RETC de la CCA, Keith Chanon.

Pero así como las bases de datos de los RETC de América del Norte pueden resultar tan útiles, es preciso reconocer que presentan varios inconvenientes cruciales. Con frecuencia subestiman las emisiones reales y, puesto que cada país tiene su propio enfoque, la falta de consistencia a escala subcontinental dificulta las comparaciones entre sustancias químicas como BPC, que normalmente no se inventarían en Canadá, o dioxinas, que se registran en forma distinta en Estados Unidos y Canadá.

Se trata de un problema que la CCA ha reconocido en su Plan de acción para mejorar la comparabilidad de los registros de emisiones y transferencias de contaminantes en América del Norte. El objetivo del plan es aumentar la cantidad de datos comparables a escala subcontinental, a efecto de presentar un panorama más completo de las fuentes, cantidades y manejo de emisiones y transferencias de contaminantes en América del Norte.

La piedra angular del proyecto es el informe anual de la CCA En balance, que combina información de las bases de datos nacionales, aunque ésta se limita a la que las compañías proporcionan sobre el volumen de emisiones y transferencias de sustancias químicas, y no refleja la toxicidad de las sustancias ni su potencial para provocar daño. Aquí es donde entra en juego una metodología nueva, como la de los potenciales de equivalencia tóxica (PET).

"No todas las sustancias químicas son iguales. Queremos un sistema que indique que la sustancia X es diez veces más dañina que la sustancia Y, con base en su toxicidad inherente y su potencial de exposición. Eso es lo que los PET aportan: un sistema de ponderación que transforma datos brutos sobre emisiones químicas en algo más relacionado con los riesgos", explica Bill Pease, quien formuló el sistema PET en la Universidad de California, Berkeley.

Al interior de las cifras

El informe Sustancias químicas tóxicas y salud infantil en América del Norte utiliza los potenciales de equivalencia tóxica (PET) para describir el peligro relativo de las emisiones de sustancias químicas. El PET se calcula a partir de comparaciones de los riesgos que para la salud humana entraña la emisión de una libra de una sustancia química con los que se derivan de la emisión de una cantidad equivalente de una sustancia de referencia. El informe también presenta la caracterización más estandarizada -el volumen, en peso, de las sustancias emitidas-, que suele encontrarse en los registros nacionales de emisiones y transferencias de contaminantes.

Ambos métodos se ilustran en el siguiente ejemplo: en 2002, los establecimientos industriales en Canadá y EU emitieron y transfirieron a la atmósfera 472,600 toneladas de cancerígenos, con el estireno y el acetaldehído ocupando los primeros dos lugares en términos de volumen. Sin embargo, al aplicar los PET, el tetracloruro de carbono subió al primer sitio y el plomo y sus compuestos, al segundo, en tanto que el estireno, dada su toxicidad más baja, descendió hasta el lugar 23.

El PET puede alterar drásticamente la clasificación de ciertas sustancias químicas como el plomo, que en 2002 se ubicó en la posición número 11 entre las emisiones atmosféricas cancerígenas, con 960 toneladas, pero cuya toxicidad lo dispara hasta el segundo lugar.

"Este enfoque nos indica que es más acertado integrar los [PET] a los datos sobre emisiones, puesto que ello nos permitirá una orientación más responsable en términos sociales", afirma Pease. "Lo sensato es centrar nuestros limitados recursos en las sustancias químicas cuya reducción de emisiones significará, dólar por dólar, el mayor rendimiento en términos de beneficios para la salud." Por ejemplo, las sustancias químicas tóxicas persistentes y bioacumulables, como el mercurio, se concentran en la cadena alimenticia y, por lo tanto, mayor cantidad de personas están potencialmente expuestas a ellas en niveles más peligrosos. La exposición al mercurio durante el embarazo puede afectar el desarrollo del cerebro y provocar niveles de CI inferiores.

"Esto lo hemos atestiguado en numerosos casos en el norte, entre los inuit de Canadá y Alaska. Y no porque haya industrias allá, sino debido al flujo global de contaminantes hacia la región polar", señala la doctora Goldman.

"Tales efectos en el neurodesarrollo tienden a ser sutiles a escala individual, pero muy significativos cuando se considera toda una población. Es como el riesgo de radiación luego de Chernobyl o de un ensayo nuclear: hay un considerable aumento en las cifras de personas que desarrollan cáncer, pero difícilmente se verá esa tendencia manifestada en un solo individuo. El fenómeno puede observarse a través de toda una población. Si de entrada es posible evitar la pérdida de CI, ello es sin duda mucho más eficaz que tratar de ayudar a quienes están teniendo dificultades de rendimiento en la escuela."

Con todo, el informe demostró que, aunque los establecimientos de América del Norte emitieron 472,600 toneladas de cancerígenos en 2002, se registró una disminución de 26% entre 1998 y 2002. De manera similar, en ese mismo periodo las emisiones de tóxicos del desarrollo y la reproducción disminuyeron 7%, a 2.25 millones de toneladas, en tanto que los presuntos neurotóxicos cayeron 11%, a más de 2.5 millones de toneladas.

Las principales recomendaciones del informe son establecer prioridades para la reducción de los contaminantes más peligrosos y cubrir las lagunas en la información. En particular, podría lograrse un panorama más claro si los RETC registraran un mayor número de sustancias químicas y los países armonizaran sus iniciativas para facilitar el análisis comparativo. El siguiente paso sería examinar con mayor profundidad el impacto de estas sustancias químicas mediante el biomonitoreo de las poblaciones que viven en las inmediaciones de los establecimientos industriales, a efecto de poder informar mejor a la ciudadanía, los responsables de política y las propias compañías industriales.

Mientras tanto, este informe brinda una herramienta vital para concientizar a los padres de familia sobre los posibles peligros ambientales para sus hijos.

"Mucha gente no tiene conocimiento de los riesgos químicos", señala Chanon. "Asume que los establecimientos o plantas químicas cuentan con la aprobación del gobierno y, por tanto, operan con niveles seguros. Sin embargo, hay medidas que los ciudadanos pueden adoptar para aumentar su conocimiento y reducir su exposición. Por ejemplo, teniendo mayores niveles de conciencia, los padres podrían modificar los hábitos de juego de sus hijos para reducir la exposición en lugares cercanos a los establecimientos industriales."



Acerca de...

Joshua Ostroff
reside en Toronto y es un escritor independiente que colecciona guantes para nieve.

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